SEGURIDAD LABORAL


Entiendo perfectamente la indignación , el sentimiento de impotencia y amargura que infecta a propios y extraños cada vez que llega a nuestro conocimiento la muerte de un trabajador por accidente laboral.
Es uno de los sucesos que mayor y más profunda conmoción causa entre la opinión pública, hemos consagrado la situación del obrero a lo peor, a lo más bajo de la sociedad no marginal y como consecuencia proyectamos en la clase trabajadora nuestras propias frustraciones del mismo modo que proyectamos en nuestros hijos los fracasos.
Por eso cada baja, cada muerte, cada accidente lo sentimos un poco en nuestras carnes, como si nos arrancasen un poco de nosotros mismos con cada tragedia.
Lo primero que pensamos es en maldecir a toda la jerarquía que, damos por sentado, ha obligado a la víctima a trabajar en unas condiciones infrahumanas poniendo en serio peligro su vida.
Damos por hecho que no ha instalado elementos preventivos, que no ha preparado a su plantilla y que no les ha suministrado todo lo necesario para la ejecución del trabajo.
Damos por sentadas demasiadas cosas, damos por sentados a los culpables siempre y cuando los indicios no apunten a nuestras frentes.
Total, nunca pasa nada y el casco es un incordio, para qué llevarlo.
Hasta que pasa; entonces todos menos el idiota que se quitó el casco son lo peor, unos explotadores y unos lameculos de mierda que abandonan a su compañero de trabajo a su suerte.
Y es verdad, pero también es verdad que él los abandonó antes a ellos con su comportamiento, arriesgó su salud, su vida y su sueldo, y lo peor, el de sus compañeros.
Bien, puede haber algo de verdad en ciertos casos; no vamos a insultar al difunto de cuerpo presente llamándole mentiroso, pero la verdad es la que es y ciertamente a mi me escuece más.
Desde que soy delegado de seguridad en la empresa para la que trabajo, me he encontrado con un problema fundamental; un escollo prácticamente insalvable que imposibilita la correcta realización del plan general de seguridad.
La inexistente disposición de los obreros a aceptar una sola norma o a realizar cualquier actividad que no vaya encaminada directamente a la producción.
Todos luchan por ser el trompo favorito del jefe y para lograrlo, los que no tienen dos dedos de frente, recurren a dos cosas:
La primera es la del idiota, la machada.
La segunda la del trepa, lamer culos y chivatear.
Una de mis obligaciones es hacer que los obreros, las víctimas explotadas y obligadas a trabajar en malas condiciones, cumplan con las premisas de seguridad, con ese conjunto de normativas dirigidas única y exclusivamente a su seguridad, a preocuparse de que cada trabajador regrese cada día a su casa en las mejores condiciones.
Resulta que aparte del amarillismo periodístico, las verdades sesgadas o las mentiras descaradas, el problema de la seguridad laboral en esta país, en un ochenta por ciento, es el trabajador.
Es prácticamente imposible encontrar a un operario de fábrica que cumpla con todas las normativas de seguridad.
El que no lleva los elementos de protección mal puestos, los lleva incompletos, rotos o simplemente no los lleva ni se plantea llevarlos.
Esto no solamente pone en peligro su propia integridad física, sino que por extensión de responsabilidad, puede estar comprometiendo el puesto de trabajo propio y ajeno.
Y es que hoy en día, hemos de comprender que al entrar en una fábrica, todos, absolutamente todos, tenemos la obligación de cumplir y hacer cumplir las normas de seguridad en cada instalación.
Y las normas de seguridad abarcan además el correcto trato entre compañeros y la preservación de la armonía entre cada área de trabajo o incluso entre turnos.
No hacer los cambios de relevo correctos, por ejemplo, rompe la corriente de información y así se empiezan y terminan relevos no dando y recibiendo novedades, con los riesgos que un mal funcionamiento de máquina puede acarrear al operario que ignore esa situación al accionar sus mecanismos.
Pero la omisión por la parte que nos toca, no termina en lo básico, va más allá.
También se omiten pasos del protocolo de inicio de turno; estos son:
Realizar Check List o pre usos de máquinas, instalaciones, grúas y herramientas.
Hacer un diálogo de unos minutos entre el equipo sobre temas de seguridad.
Hacer una verificación visual de la zona y establecer prioridades.
Al hacer caso omiso de estas prescripciones, accionan máquinas sin hacer un pre uso previo, inician trabajos sin consultar lo que realmente se quiere hacer o cómo.
Todos estos, son aspectos de obligado cumplimiento para los que el cliente, la fábrica en la que desempeñamos nuestras funciones, me consta que no ha reparado en gastos ni esfuerzos.
Aspectos para cuyo incumplimiento el cliente ha declarado una situación de tolerancia cero.
Y esto me lleva, por enésima vez a repensar las cosas, a darme cuenta de la verdadera razón de todo lo que ocurre en este mundo.
Somos lo que viene a llamarse técnicamente una piara de huevazos colgantes incapaces de hacer nada por nuestras vidas que suponga la más ínfima incomodidad.
Por eso no llevamos casco y por eso votamos a los de siempre.
Por eso no llevamos guantes protectores y por eso seguimos comprando en comercios cuyos directores nos odian y escupen a la cara.
Por eso no llevamos gafas de seguridad y por eso no hemos llenado las cárceles de España de políticos, banqueros y empresarios bocazas.
Y esa es la triste realidad, hoy un obrero lo tiene todo para asegurar su seguridad y su salud el día de mañana.
No solo lo rechaza de forma sistemática, sino que te insulta, se te encara y te desprecia cuando le exiges que lo haga.

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