PROMESAS ROTAS.


Qué bonitos momentos, qué bonitas palabras; regalos para nuestros oídos eran sus promesas.
Sonaban tan distintos, tan diferentemente idiotas, esto quiere decir igual de idiotas pero de otro modo, como sinsorgos competentes de esos que no saben hablar sin leer lo que tienen que decir.
Pero !Ay caray¡ que promesas tan prósperas y bien aspectadas.
Desde las elecciones los seres humanos a los que nos ha tocado la desgracia de ser españoles, vivimos recostados en una roca frente al mar; como la sirenita del cuento, solo esperando a que las cumplan.
Tenía muy fácil sembrar la esperanza, jamás un contrincante le puso el listón tan bajo a su contrario como el inoperante precedente, tan fácil se lo puso, que no necesitó cambiar un punto de la filosofía que le hizo perder dos veces seguidas las elecciones contra el mismo incompetente; solo tuvo que limitarse a esperar a que el otro cayese, acto seguido lo haría el sobre nuestros cráneos.
Y cayó, vaya si cayó; ni una sola de todas aquellas promesas fueron cumplidas, ni un solo soplo de esperanza sobrevivió a la mutación bestial que sufrieron sus talantes.
Convirtieron sus promesas en amenazas, sus buenas voluntades en abusos y golpe a golpe machacaron nuestras ilusiones hasta que las mataron.
Con las ilusiones rotas, ya no somos más que víctimas propiciatorias, cuerpos presentes, porque a estas alturas ya han matado todo lo bueno que había en nosotros.
Una lección dolorosa, difícil no caer en el despecho, en la sed ciega de venganza, les hemos damos todo y resulta que no merecen nada.
¿Qué nos queda ahora?
¿Darle nuestra confianza a esa efervescencia de supuesta novedad política?
La experiencia dice que aquel que saca pecho ante los errores ajenos, suele tener pocos aciertos de los que vanagloriarse, en resumen, más de lo mismo.
Dicen ser diferentes, pero actúan exactamente igual que todos, en el momento en que cometas la osadía de expresar lo que sientes, te juzgarán, te condenarán y, una vez más, enviarán sicarios a declararte fuera de la ley.
Por eso precisamente hoy, ahora tenemos miedo, por eso no nos atrevemos a encarar el futuro y hacerlo nuestro, por eso hoy nos aterroriza el hecho de querer ser personas de verdad, reales y que por eso nos llamen terroristas.
Todos los mesías son iguales, vienen y nos bendicen con sus dogmas, con sus leyes; unas directrices sumas que pretenden que estemos bien sí o sí en frente de ellos, aunque no haya razón objetiva alguna para ello.
Aunque de todo lo que había ayer, de todo lo que tanto costó lograr, hoy simplemente ya no queda nada.
Pues aún así, lo que pretenden es que sonriamos, que aceptemos sus prácticas y las adoptemos como la mejor opción posible; sin preguntas, sin cuestionar su dogma bajo la pena de conocer su violencia.
La sabiduría del presente se conforma y compone a base de escarmientos, de la suma de los errores cometidos y de la experiencia de sus consecuencias; y el mayor error de todos los posibles es continuar lamentándonos por la desgracia sufrida mientras perdemos un tiempo precioso esperando por algo, por alguien, por un milagro que lo más seguro es que nunca suceda.
Propongo seguir a aquellas personas para las que nos ven cuando somos invisibles, que nos recuerdan cuando no somos nada, propongo observar y no comulgar con aproximaciones.
Si no existe ese líder, lo buscamos; si no existe ese partido, lo creamos y vamos adelante hasta tumbar el sistema.
Usaremos su estratagema, dejaremos que sean los canallas que son, no haremos alusión alguna a su bajeza, ellos harán ese trabajo por nosotros.
Diremos a nuestro pueblo que en esta vida uno no necesita superar a los demás sino de superarnos a nosotros mismos colaborando con nuestros rivales.
Propongo un cambio de baremos.
Que el más rico sea el que más aporta, que el más famoso sea el que más enseña, que el más querido sea, precisamente aquella persona que nos vio cuando eramos invisibles.
Demos ese primer paso, busquemos, creemos esa alternativa capaz de cambiar las cosas arrancando el sistema de nuestro genoma.

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