EL HOMBRE PRUDENTE


Es un hábito impreso en tu ADN, posición de defensa decúbito supino llevada al paroxismo cotidiano del vivir sin ver.
Método anticonceptivo usado para la profilaxis de nuestro día a día, para no tener problemas, para que cada día venga la dudosa virgencita a dejarnos como estamos, eso sí, por favor.
Cobardía en grado de tentativa que viene alimentado del pecho de la santa madre iglesia y que nos lleva a caminar sobre nuestras propias pisadas, que nos inculca el piadoso proceder del rebaño fiel.
Es así que el hombre prudente coloca los pies sobre la huella que dejó ayer sin saber que hoy ha sucedido algo con lo que no contaba.
El hombre prudente vuelve a casa sobre sus pisadas y va y se encuentra con la maravillosa experiencia de un mundo diferente, de comprender que es la primera vez que pasa por ahí.
Encuentra en cada paso un lugar ignoto, un grano de arena que ayer pasó por alto y sin darse casi cuenta se dispone a hacer de eso un mundo nuevo.
Desde ese instante minúsculo en adelante, todo lo que acontece cambia por completo el guión de los acontecimientos adyacentes.
Y tan especial es el momento de descubrir un paisaje nuevo detrás de la estampa cotidiana que corre eufórico deseando contárselo al mundo.
Quiere que todos sean tan felices como él, quiere que todos entiendan, como él, que del mismo modo que pudo ver que los detalles importan en el conjunto monolítico del todo, todos pueden llegar a percibir que la vida no siempre es un redil de bestias encordadas una detrás de otra.
Es posible que esa sea una realidad empírica y constatable, pero es que en la mayoría de los casos la realidad es un libreto tan aburrido e infumable que es un acto de defensa propia abandonarse a esos momentos de sorpresa.
Imagínate en tal tesitura, ponte en el lugar del hombre prudente.
Te preguntas ante tan feliz encuentro cómo es posible que nunca lo vieses hasta entonces, cómo se te pudo pasar por alto a lo largo de tanto tiempo.
Otra vez las malditas preguntas equivocadas, otra vez mil segundos perdidos tratando de explicar todo lo que hiciste mal, encontrando las mil razones que te llevaron a ignorar ese matiz, ese detalle que ha venido a rescatarte de la monotonía.
Quizá si te preguntases por una sola vez qué ha cambiado en tu monotonía, qué distorsión de tu realidad te ha llevado al inaudito encuentro; lograrías encontrar la llave de la jaula del goce para liberarlo y después definitivamente y lanzarla al mar.
No tendrías que darte de golpes contra un cristal como un moscardón estúpido en pos del origen de tus fracasos.
Y lo peor de todo es que muchas veces la respuesta es tan sencilla como recordar un chiste, evocar una sonrisa o revivir los felices tiempos de juventud.
Y qué decir de encontrarse con un viejo amigo por sorpresa.
En definitiva cualquier cosa que logre enderezar esa espalda vencida, que haga que levantes la cara del suelo.
Cualquier emoción capaz de sacarte de la postración hipertrófica que luces a diario y que te reduce el campo de visión de tan dramáticas formas.
Es por eso que pienso que yo por mi parte me voy a poner manos a la obra.
Voy a hacerme con un buen arsenal de buenos recuerdos, píldoras de felicidad que me ayuden a no perder detalle en los malos momentos, palabras amigas que me ayuden a hacer las preguntas correctas, a encontrar respuestas útiles, a desterrar espirales de autocompasión destructiva.
Y he aquí que entras tú en juego, mira tú por donde hoy va a ser un día de sorpresas, hoy no solo me encontré con tu recuerdo; hoy me encontré con una de las consecuencias de haber tenido la suerte de haberte conocido.
Hoy arrancaste una sonrisa de mi rostro en un mal día y me hiciste encontrar mil cosas nuevas entre el barro.
Hoy me siento un tipo listo; no solo afortunado, que también; pero listo listísimo y es por tu culpita.
Por esa sonrisa tuya que es mía, por esa forma de ver tuya que ahora es mía.
Por esa presencia constante en esta vida mía que la hace más sencilla, más tranquila, más tuya.
Para que luego digan que los sentimientos entontecen.

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