NAJIBA


Najiba, tenía ayer veintidós años.
Ayer ocho de julio del año dos mil doce cuando dos canallas decidieron abusar de ella, es muy fácil deshacerse de las pruebas en un país islamista como Afganistán.
Basta con que los dos violadores entren en conflicto para que reconcilien y hermanen sus posturas acusando a la mujer violada de adulterio.
La palabra de Alá hará el resto y los cerdos celebrarán la sapiencia de su dios con un baño de sangre, como Dios manda.
En esto, son bastante recurrentes las entidades celestiales.
Cuando los energúmenos fascistas del siglo pasado y algún que otro demente reclacitrante de este hablaban de razas superiores, de etnias arias y de genotipos electos y selectos; el sarpullido, la estupefacción estaban justificados.
¿Con qué derecho una panda de asesinos sin entrañas decidían qué raza o qué personas tenían más derecho que el resto a la vida?
La prudencia, la justicia e incluso el amor a nuestros hijos nos obliga a rechazar este concepto “Razas Superiores” por terrorífico, por inhumano, por corrupto.
Lo malo viene cuando le damos la vuelta a la tortilla, cuando en vez de valorar el valor de unas etnias sobre otras, lo que cae en tela de juicio es la miseria de unos pueblos con respecto a otros.
Y aquí, por mucho que escueza, por mucho miedo que nos dé encontrarnos con la semilla del mal en nuestras entrañas, hay mucho que discutir.
Porque lo bonito es ir de justo, de comprensivo por la vida; hacer ver a propios y extraños que somos gente de mundo capaces de aceptar las peculiaridades de todas y cada una de las razas que pueblan este maravilloso mundo.
Y sobre el papel y ante una cámara, el discurso queda de rechupete.
Hasta que la información corre, hasta que los hechos van y resulta que son unos racistas de mierda por ser empecinadamente reales.
Somos ciudadanos del mundo, somos seres humanos con derechos, ni más ni menos que cualquier otro ser humano del planeta.
Excepto un detalle.
Todos en este mundo, todas y cada una de las vidas de este mundo valen más que la vida de una mujer musulmana en Afganistán.
Allí basta con que una madre, una hija, o una hermana sea acusada de adulterio, para que en un par de horas, sin juicio, sin una sola oportunidad de defensa y sin que la verdad importe un carajo, para que sea ejecutada.
Este pueblo de igual valor que el mío para algunos, de iguales derechos para algunos, los talibán, han ejecutado ante la muchedumbre a Najiba de varios disparos a quemarropa para goce y deleite de los ciento cincuenta cerdos que gritaban celebrando el evento y congratulando al orangután que la ejecuta.
Alá hace asesinos a los hombres talibán, Alá hace indignos a los hombres talibán, Alá convierte en una raza inferior a la mujer talibán poniéndola en manos de unos monstruos que no respetan la vida, que no aman a sus mujeres, que asesinan y que se alegran de hacerlo.
La respuesta del muyahidin de turno es terrorífica:
“Alá nos advierte de que no nos aproximemos al adulterio porque es el camino equivocado”.
“Alá ordena que sea ejecutada”.
Seguro que Alá se recuesta satisfecho en su trono cuando la mujer cae muerta, mientras los espectadores corean: “¡larga vida a los muyahidines afganos!”.
Da igual que la bestialidad se base en mentiras, lo importante es que su mensaje suena alto y claro “muerte a la mujer afgana”.
Pues bien, me niego considerar a esa raza como iguales, me niego a considerarlos siquiera humanos, me niego a considerar siquiera que esos hombres puedan tener ante organismos internacionales iguales derechos que mi madre, que mi hermana, que mi mujer o que mi hija.
Dieciséis millones de euros vuelan hacia Afganistán, hacia las manos que asesinan mujeres para ayudar al desarrollo del país.
Bien, me alegro de que el mundo libre financie asesinos, pero puestos a ayudar, podrían declarar el estatus de la mujer afgana como el de un ser humano en peligro inminente de muerte y abrir las puertas a la eventual huida de ese matadero de mujeres en calidad de refugiado político.
Puestos a ayudar, podríamos empezar por defender y salvar la vida de los inocentes que para colmo de males siempre resultan ser las más débiles.

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