HUELGA DE FUNCIONARIOS


En las redes sociales muchos son los bienintencionados que se congratulan del levantamiento de la clase funcionaria.
Y la verdad es que una parte de mi quiere olvidar, quiere perdonar su traición y estrechar la mano del tipo que acudió a la cita para maltratar a seres humanos y por una vez y sin que sirva de precedente decidió que no, que en ese momento no lo iba a hacer.
No es para menos, si su apoyo al pueblo fuese real, sería un cambio de rumbo equivalente a ver al mismísimo Juan Carlos Primero ante su elefante con una bandera republicana en las manos colmado de orgullo y satisfacción.
Unos tenían un recuerdo agradecido para aquellos funcionarios de antes, para aquellos funcionarios que le trajeron al mundo a él, a sus seres queridos, a su hijo; y es cierto.
Claro que en eso, su madre, las madres de sus seres queridos y su propia esposa tendrán mucho que decir.
Otros decían que varios funcionarios valientes lucharon contra el fuego en el terrible incendio que asoló Valencia o que ahora mismo arrasa Tenerife; no hay la más mínima objeción a esto.
Si hay un cuerpo de funcionarios que ha conservado la dignidad, la razón y el espíritu de ayuda dentro de toda esta locura, son los de siempre, los de verdad, los bomberos.
No faltan los que agradecen la solidaridad a esos sufridos agentes que velan por la seguridad de nuestras calles, por los que llevan el país adelante en la sombra y un sinfín de recordatorios agradecidos contra los que no cabe argumento alguno.
Pero esta tortilla, como todas, tiene un lado apetitoso y otro un poco más requemado.
Porque en el funcionarado sublevado también cabe el que ejecuta una hipoteca injusta, por dinero.
Ese que se hace acompañar de una jauría de perros peligrosos y sin bozal para sacar de sus casas a mujeres, a viejos, a niños; lo que sea con tal de hacer debido cumplimiento de su misión, el sueldo manda.
También está el que ayer machacaba a golpes a niños de trece años por reclamar una calefacción en sus aulas, el que mató a un joven de un pelotazo en la cabeza a quemarropa con armas prohibidas, el que las sigue utilizando y el que gestiona los pedidos de esos artefactos, claro está, también por dinero.
También clama al cielo el que compulsa, una tras otra, sanciones contra los derechos humanos, por dinero.
También está el médico que pasa por encima de sus pacientes como si estos en vez de personas fuesen insectos, haberlos haylos, y también por dinero.
En definitiva, a los ilusos, a los bienpensados, a los emotivos y a los agradecidos; les aconsejo que disfruten del momento empáticofestivo ahora que pueden.
Porque es más que posible que en algún momento de la contienda, el gobierno ceda terreno ante ellos y entonces, ese ejército enfervorecido por la justicia, por la legalidad y por la solidaridad; vuelva a sus asientos a compulsar la barbarie política, policial y judicial contra este pueblo que hoy les abre los brazos.
Es una cuestión de dinero, siempre es una cuestión de dinero y en el mismo instante en que las cuentas cuadren, las porras volverán a salpicar de sangre las caras de los que hoy les abrazan.
¿Y entonces que?
¿Qué pasará cuando nos demos cuenta de lo realmente poco que significamos para la bestial máquina administrativa?
¿De dónde sacaremos energías para seguir luchando?
No quiero pensar que vaya a ser así, no quiero creer que cuando consigan lo que quieren volverán a pisotear con su diligente y agradecido trabajo los derechos fundamentales de los seres humanos que les rodean.
Lo malo es que veo lo que ha sido hasta hace unos días, veo lo que hacen, veo de lo que viven y no puedo permitirme tal desilusión.
No puedo, aunque lo deseo con todas mis fuerzas, no puedo porque tengo una hija y quiero lo mejor para ella y por desgracia el puesto de trabajo de estas gentes, desde el momento en que retornen a sus puestos, será administrar para sus señores el dinero que van a robarnos a cambio de menos educación, menos sanidad, menos derechos, menos justicia, menos pan.

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