MIEDONOMÍA


Parece ser que nuestros políticos, a falta de argumentos, no tienen más recurso que el de la imposición del miedo.
Muchas publicaciones, entendidos, y demás fauna se empeñan en hacer estudios e hipótesis sobre algo que juran y perjuran que no debe pasar y que no va a pasar jamás.
Y tras tales afirmaciones lanzan la batería de pavor generalizado que tanto les gusta y que tan buenos resultados les ha dado.
La sucesión de impresentables que se han ido turnando en La Moncloa, para desdicha de cuarenta millones de paisanos, es prueba de esto.
Según estos lumbreras, la salida de España de la dictadura del euro sería una transición traumática de consecuencias devastadoras.
Parece ser que para ellos el hecho de que a día de hoy aproximadamente el seis coma sesenta y tres por ciento de los parados, de las víctimas de su descerebrado sprint hacia el desastre, esté afectado por una ejecución hipotecaria, es una broma, una travesura sin importancia.
Pero para nuestro gobierno, esta situación es la más aconsejable, el único camino posible en pos de una quimera a la que ellos llaman recuperación y que cada día más ciudadanos llaman miseria.
Ellos lo saben y saben que lo sabemos es por eso que persisten en la aplicación de miedo.
Dicen que si abandonamos el euro y nos refugiamos en nuestra vieja y querida peseta, esta perdería valor inmediatamente y con su devaluación nos empobrecería.
Y es cierto, pero eso solo culminaría con el desastre si el nivel de corrupción e ineficacia persiste; si el gobierno que maneja la barca es el mismo, no lo entienden de otro modo.
La realidad es que la primera consecuencia de la salida de España del euro no sería otra que la recuperación del control por parte de España sobre su propia moneda.
La segunda es que sí, que la peseta se podría devaluar pero no encuentro debacle ninguna en el hecho de encontrarnos con la peseta como divisa barata.
Es precisamente así como se reactivarían las exportaciones.
Y es que el mundo no está para juegos de palabras, el mundo está en crisis, las empresas están en crisis y a día de hoy, encontrar un proveedor de lo que sea cercano y a buen precio puede representar el ser o no ser de una empresa.
Mi padre que a veces es un tipo listo, siempre me ha dicho que es mejor vivir de “muchos pocos” que de “pocos muchos”, venderíamos barato, pero mucho.
Fabricaríamos, trabajaríamos y recuperaríamos el alma de la economía de un país: el Comercio Interno.
Si el dinero en muchas dosis pequeñas vuelve a la calle, que ese es el sitio de la riqueza de un país, el camino será duro, pero menos e infinitamente más seguro.
Tampoco hay que ser un lince para darse cuenta que fuera del euro y con nuestra humilde peseta tirando del carro, otro sector que se vería regenerado, y este ya es importante, sería el turístico, a los posibles visitantes les volverían a salir las cuentas y ya no sería cuestión de unos pocos el poder permitirse venir a nuestro país.
Pero para los sesudos ministros y para sus asesores, este panorama es horrible si lo comparamos con la situación que nos proponen.
Una deuda que lleva al país al impago, una situación en la que las empresas que buscan financiación carecen de credibilidad y se les niega el crédito.
Un país en el que se inyectan cantidades ingentes de dinero a los bancos mientras estos restringen sus concesiones de créditos.
Y lo peor de todo es que con sus argumentos, no solo dispersan miedo, sino que hacen una velada declaración de intenciones.
Dicen que se dispararía la inflación, pero todos sabemos que si permitiesen a los comerciantes liberalizar sus precios en vez de tener que suplicar permisos para hacer rebajas dos veces al año, si se limitasen los máximos en vez de los mínimos, este problema no existiría más que en las películas de terror.
Y es que al cobrar los impuestos en modo de porcentajes, ellos que son muy listos prefieren precios altos antes que asequibles.
¿Por qué?
Muy sencillo, es mejor cobrar el diez por ciento de una camiseta de cien euros que el mismo porcentaje de la misma camiseta a cincuenta.
Simple de entender ¿verdad?
Dicen también que subirían los tipos de interés y que pagar las hipotecas sería poco menos que imposible para los ciudadanos.
Eso solo lo puede asegurar un gobierno que no tiene lo que tiene que tener para meterle mano a la banca de una vez, que no tiene intención alguna de solucionar nada más que el enriquecimiento desaforado de los mismos de siempre, que pretende permitir a los especuladores que sigan campando a sus anchas sobre nuestras cada día más debilitadas economías.
Un banco público que ofrezca créditos racionales a los españoles y este argumento se derrumbaría como una torre de cerillas.
Otro truco al que suelen recurrir es el de la avalancha de conceptos.
Cuando sus argumentos lanzados uno por uno son rebatidos usando la simple lógica del mosquito recurren a las amenazas en batería.
Así el ministro de turno es capaz de soltar sin pestañear que con la peseta de vuelta a nuestras vidas, caería el Producto Interior Bruto, que nuestras importaciones serían más caras y que el comercio con el exterior sería más complicado.
Todo junto y sin respirar.
Veamos, si nos fijamos un poco, la segunda niega a la primera; un país que no puede comprar tiene que fabricar; un país que fabrica, trabaja y un país que trabaja, compra y hace economía.
Y en esto estamos, el gobierno se empeña en encarecer la cesta de la compra de la familias.
Se obceca en una tesis que a día de hoy no ha dado un solo resultado positivo y que no lo va a dar.
Necesitamos un cambio profundo, una transformación social intensa, extensa y dura o de esta no lo contamos.

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