EL MODO "VECINO FANTASMA"


Y ahora con el mes de agosto en plena agonía, las playas, poco a poco van llenándose de suspiros y de miradas perdidas.
Síndrome post vacacional lo llaman, yo lo llamo frustración.
Frustración porque las vacaciones son el único espacio de tiempo a lo largo del año en el que podemos dedicarnos a ser felices o a hacer infelices a nuestras parejas, lo que en muchos casos implica una suerte de malsana felicidad.
Pero cuando el tiempo se termina y desgranamos los segundos, pasamos a un estado que podemos definir como de “vecino fantasma”, un estado en el que un desplazamiento a la playa más cercana se puede transformar en un despropósito caribeño inventado e insufrible.
Lo que olvidamos es que, por fortuna, hay un modo de detectar cuando el compañero que nos cuenta sus vacaciones está en modo “vecino fantasma”.

Con demasiada frecuencia pensamos que los recuerdos más gratos de un verano están en las imágenes visuales que atesoramos en la memoria.
Los paisajes encontrados, los colores del mar, las mil tonalidades verdes de las montañas.
Mentira, todo mentira.
Uno de los aspectos más decisivos a la hora de valorar la certeza o no de los típicos relatos veraniegos, para saber si de verdad tus contertulios lo han pasado tan bien como dicen, han disfrutado tanto como pretenden hacerte creer o, simplemente, si de verdad han visitado los sitios que dicen haber visitado; es la profusión de imágenes visuales.
Y es que nuestro subconsciente es infinitamente más sutil que una postal, mucho más “químico” que una instantánea.
Nuestra anatomía está dotada con millones de terminaciones sensoriales capaces de procesar el grosor de la arena, el frescor de la hierba, la textura de un trago de vino deslizándose por la garganta.
Gracias a ese despliegue de medios, nuestro organismo crea una memoria sensorial de amplio espectro mediante la que recordará el agua del mar lamiendo nuestro cuerpo, su frescor y su fuerza disparando la actividad de nuestros sentidos adormilados por la monotonía oscura del resto del año.
Recordaremos los embates de sus olas tratándonos como a muñecos, su espuma saltando a nuestros ojos; esa bocanada salada y accidental que nos dejará la boca áspera y el orgullo mancillado bajo la andanada de risas de propios y extraños.
El placer tibio contra la acritud gélida del mismo agua a diferentes horas del día; la música que acuna frente a la estridencia que aturde, son las bases sobre las que se construyen las risas y se perpetran los lamentos.
La bondad de nuestras vacaciones no la mediremos por el color azul o verde del agua del mar; precisamente su benevolencia, su temperatura, su olor serán los datos definitivos.
Por eso, cuando alguien dedique más de dos palabras a describiros un mar desde las alturas, podéis asegurar que os está mintiendo.

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