LIBROS GENÉRICOS


Recuerdo que mi niñez discurrió feliz entre los bosques de Mendierreka.
Todo me parecía grandioso, el río, los árboles, el eco, todo era pura magia y todo aquello era lo que amaba y lo que hoy añoro.
Con los años dejas de ir a aquellos lugares, otras prioridades toman posición en tu voluntad y salir el sábado por la mañana a comer tortilla fría y ensalada al monte, pasa a un segundo, tercer o más inferior plano.
Y hoy, en mi madurez, he comprendido la magnitud de tan craso error.
¿Os habéis parado alguna vez a pensar en la relación directa que existe entre la salud de nuestros bosques, el futuro de nuestros hijos y el rostro granítico de las administraciones.
Y es que en estos tiempos en los que cualquier gasto en cultura es una suerte de maldición satánica para los lamentables y los mediocres; es decir, para la clase política y su séquito de tragasables, mamporreros y sicarios; observar detenidamente la estafa flagrante a la que somos sometidos año tras año con los libros de texto de nuestros enanos es, cuanto menos, sangrante.
Mientras que uno más uno siguen sumando cuatro, mientras que los Reyes Católicos siguen siendo Isabel y Fernando; los libros en los que nuestros hijos aprenden esas mismas cosas de siempre cambian sin compasión.
Y si hace falta nuestro adalid por la contención pecuniaria, el gobierno, plantea un saludable cambio del sistema educativo que hará que ninguno de los materiales que puedas haber conservado de cursos anteriores, o del mismo curso si tu hijo repite, sean obsoletos.
Han convertido la educación en un sacacuartos despiadado en el que solo prima el negocio de las editoriales y en el que su fin primero, la educación de cada generación no deja de ser un concepto anecdótico.
Y mientras nuestros bosques de la infancia se pierden y transforman en plantaciones de eucalipto, el sistema sigue sin aportar nada, sigue devorando los recuerdos de su pueblo, triturándolos y convirtiéndolos en temarios cuya unica novedad es la nueva disposición cronológica de los temarios.
Una hectárea para poner el capítulo uno del año pasado ahora al final.
Otra hectárea para cambiar el color de los títulos de los temas, otra hectárea para cambiar a negrita el enunciado de los ejhercicios y setenta mil hectáreas más para quemar y así subir el precio del papel y de los libros de texto por ende.
Deberíamos educar a nuestros hijos para cuidar los libros de texto como oro en paño, enorgullecernos de cederlos a las siguientes generaciones y así poder mirar el verdor de nuestros montes sin la incómoda sensación de ver como lo apuñalan sin hacer nada al respecto.
Pero no, como siempre, optamos por la opción del cordero, agachamos la cabeza y acudimos cabizbajos, con la mirada perdida, y sabiendo que no llegaremos a final de mes, a la librería de la esquina.
Lugar en el que un simpático librero consumará la estafa con una sonrisa en los labios, tratándonos de tú y por nuestro nombre de pila.
O peor aún, los comporaremos en una gran superficie en la que no se molestarán ni en gastar en sonrisas.
Una petición a gobiernos furturos:
Libros genéricos, textos oficialñs para esas asignaturas que no varían, para esas asignaturas basadas en hechos comprobados o en principios universales que solo admitan revisión cuando algún descubrimiento o hecho histórico tenga la dimensión o la importancia suficientes para que el sistema educativo haga necesaria la modificación del mismo.
No es tan complicado, no es una tarea excesivamente titánica, solo hace falta un poco de congruencia para que esos que nos acosan con sus principios de austeridad dejen de hacer negocios con las influyentes editoriales y nos saquen de este estado de estafa institucionalizada año tras año.
Mientras nos juzgan por ir al médico, ese médico que pagamos nosotros y no ellos, nosotros nos vemos en la obligación constante de gastar por gastar.
Simplemente para alimentar una industria que devora nuestros bosques y a la que la educación de nuestros hijos se la trae al pairo.

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