LAS NIÑAS RECUERDAN A ADELITA


Quise pagar una deuda contraída con mis lectores mexicanos, con aquellas gentes tan lejanas y al mismo tiempo tan cercanas, que por alguna razón que daría lo que fuese por comprender, han encontrado un hueco en sus vidas para perderle leyendo las líneas, muchas veces amargas, que dedico a mi blog.
Sea cual sea esa razón, mi deber es ser honesto y fiel a su atención.
Y la única forma de pagarles por ser el país que más me lee, es el de interesarme por ellos, el de aprender de sus cosas, de sus historias y hacer humildemente honor a su orgullo.
Lo primero que me encuentro, benditos sean los tópicos, es una canción, una tonadilla tunesca cuyos renglones universales rezan así.
“Si mi Adelita se fuera con otro.
La seguiría por tierra y por mar.
Si por mar en un buque de guerra.
Si por tierra en un tren militar”.
Todo en esta vida tiene un vientre del que nacer y en México muchas cosas nacen en los albores de su revolución, en los días en que hartos de los soberbios virreinatos españoles dijeron que basta, que mÉxico era de los mexicanos y que así habría de ser por los siglos de los siglos.
Pero ¿quién es Adelita cuyo nombre se ha perpetuado a lo largo de los siglos?
¿Quién es el personaje que todos conocen y del que nadie sabe nada?
La historia de los hombres, en demasiadas ocasiones ocupa demasiado sitio, demasiado espacio como para que unas mujeres menudas, vigorosas y correosas como pocas puedan recibir su merecido reconocimiento pese a lo valiosa que haya podido ser su entrega, su generosidad.
Las “adelitas”, también conocidas entonces como “soldaderas” eran las mujeres que tomaron parte activa en la revolución mexicana de 1910.
Madres, esposas, hermanas que ejercían como cocineras, enfermeras y también como soldados.
La revolución fue un baño de sangre, una hoguera en la que el odio devoraba las almas de los hombres y en el que el rencor entre hermanos es el alimento de las bestias; el caldo de cultivo en el que el hombre ofrece al mundo lo peor de su naturaleza.
Esa era la realidad de las “adelitas”, esa era su fortaleza.
Aquellas mujeres enfrentaron el hambre, el agotamiento físico, las vejaciones, las humillaciones, superaron la enfermedad y aliviaron los males de sus semejantes; y por último también tuvieron que afrontar la muerte.
Cambiaron sus hogares por largos caminos a pie desnudo con lo indispensable, algo para el sol, algo para el frío, algo para el dolor, algo para la sangre y algo para el hambre.
Lo justo para preparar algo de comer en el receso de la batalla.
Muchas fueron las adelitas que terminaron sus días con los ojos abiertos mirando al cielo.
Mirando directamente a la muerte que tanto respetan y a la que tan bien conocen en aquellos lares.
Muchas veces la muerte tuvo que pensarse dos veces si sería capaz de apagar la determinación en aquellas miradas perdidas, muchas veces se dijo que no, que no podría y buena razón tenía.
Y entramos en el mes de Noviembre, a dos pasos del día veinte del mes.
Día en el que las niñas se disfrazan de adelitas para celebrar el día de la Revolución mexicana.
Bueno es que esas niñas recuerden a quién perteneció tal atuendo, bueno es que recuerden a quien de entre todas aquellas mujeres deben el honor de tal celebración.
Porque hubo una entre todas; Adela Velarde Pérez.
Una enfermera de Ciudad Juárez que allá por el año mil novecientos catorce atendió a un soldado herido, un tal Antonio del Río Armenta.
Un tipo agradecido que en honor de esa mujer anónima compuso el corrido que todos conocemos.
Adela fue erigida en la personificación de todas aquellas mujeres y como tal, homenajeada como veterana de guerra.
Hoy los paisanos de Adela han encontrado un hábito inmundo en el olvido vil, han caído en el infierno de la violación y el feminicidio, han ensuciado con su presencia a todas y cada una de las almas entregadas por su libertad, hoy todas las adelitas lloran desde el cielo y se preguntan si tuvo sentido tanto sufrimiento.
Bueno es que las niñas recuerden a Adelita y que digan a los hombres de Ciudad Juarez, cuna de la heroína, que el asesinato impune de mujeres les deshonra, les reduce a la categoría de animales y que a veces, aunque solo sea por vergüenza u orgullo, un poco de humanidad en los hombres, engrandece a las naciones.

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