MI PERSONITA EN EL MUNDO


Hay preguntas en el aire, cuestiones que necesitaba saber.
inquietudes vivas y escondidas que solo pude ver cuando llegó la respuesta, así sin darse importancia, a dar vida al interrogante.
¿Quién soy?
¿Qué pinto en este circo?
Pienso que nadie se levanta por la mañana con tales cuestiones en mente, estoy razonablemente seguro de que nadie sale a la calle preguntándose cuál es su lugar en esta vida loca.
Yo tampoco lo hago, de hecho, cada mañana tomo las calles al asalto, a pasos largos y apresurados.
Bastante tengo con recordar dónde demonios puse el coche antes de recorrer el camino equivocado.
Cosa complicada, porque regreso a casa con el piloto automático puesto y a la mañana siguiente mi despertar yace envuelto en la cotidiana batería de maldiciones de pié junto al sitio, donde debería estar el maldito automóvil, vacío.
Vuelta al fresco, vuelta a caminar; esta vez ya sí, con el rumbo acertado.
Una vez en el coche, los movimientos son digitales: arranque, radio, calefacción y paso al “modo trabajo”.
Pienso en el trabajo, vivo en el trabajo, resisto en el trabajo, sobrevivo al trabajo; una ducha y de nuevo modo automático para volver a casa.
¿Tiempo para pensar? nada, ni un segundo; y si lo tuviera y me diese por pensar en mi pregunta oculta, encontrarme a mi mismo siendo elegido para lo que sea de entre toda esa turba que se arrastra a mi lado por el mundo, siendo el único del mundo en algo, llevaría a mi maltrecho instinto de conservación a ponerse en alerta por si la eventual pérdida de perspectiva pudiese ser capaz de mermar mi cordura.
Mira por dónde, quizá sea por eso que esas preguntas sencillas permanecen escondidas, quizá sea por eso que no nos acosan ni hacen acto de presencia, quizá sea porque no estamos preparados para entender las revelaciones hasta que no son activadas.
¿Cómo podría entender que una de las cientos de miles de personas que viven a seiscientos kilómetros de mi casa pudiese llegar a elegirme a mí, uno de entre cientos de miles, como el ser más importante de su vida?
Por eso no pienso en esas cosas, por eso nadie lo hace, porque no he aprendido a entender el milagro de la vida, porque mi vida es algo que se me escapa de las manos y eso me da miedo.
Pero vas tu que todo lo sabes y un buen día me sonríes de esa manera tan tuya.
Presiento que algo va a pasar, presiento que dentro de un segundo vas a cambiar mi vida.
Entonces me dices sin pestañear aquello que necesitaba oir para contestar a una pregunta que nunca hice, una cuestión de vital importancia cuya respuesta necesitaba.
Me miras y me dices “mi personita en el mundo”.
Pequeño y grande, diminuto e irrepetible; con la simple inocencia de lo que sale de dentro haces de mi un tipo importante, el más importante.
Y de pronto, ¡luces!, de pronto comprendo lo que significa que una persona te quiera.
Que te quiera a ti, que de entre todas las almas en vilo que suspiramos entre la abarrotada soledad de este mundo, seas tu y solo tu esa persona electa.
De pronto todo tiene sentido, de pronto todo aquello que llega por la espalda, esa vida que ahoga, que marea y que te clava puñales te abraza, te recoge y te da una razón de ser.
De pronto la impotente lágrima que siempre terminaba con un “¿por qué a mi?” recibe su cumplida aclaración y yo voy y lo comprendo todo con claridad desconocida.
Pues muy bien, a esos sucesos maravillososamente improbables se les llama milagros, y de entre ellos el más humilde y bello es el de ser elegido por una persona “porque si”.
Por tu ser, por tu sentir, porque eres como eres, porque dices lo que dices.
Es el milagro incondicional, ese absurdo inimaginable y amargo en su ausencia al que llamamos amor.
Y si esta burda escala de probabilidades que os planteo os parece imposible, podéis abrir bien la boca pasmados, porque todo esto hay que multiplicarlo por dos, lo nuestro es recíproco.
Y todo por tu culpa, todo por esa sonrisa, todo porque un día me dijiste “mi personita en el mundo”.

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