UNA SOGA AL CUELLO


Cuando el trabajo dio con mis huesos en el país vecino, Francia, muchas fórmulas me vinieron a la cabeza.
Vivir en Irún y cruzar la frontera a diario fue la primera de ellas, pero tuve que conocer el acoso y derribo de un consejero socialista que consideraba que los que cruzábamos la frontera a diario a trabajar vivíamos en una especie de paraíso fiscal ya que no cotizábamos en España por quedar fuera de la Ley de Fronterizos.
El tipo solo quería dinero, dinero, dinero; no entraba a razones de que nuestra situación era legal, le importaba un pimiento.
La cuestión es que el acoso legal a los que trabajábamos en esas condiciones era bestial, desde llamadas amenazantes de la hacienda gipuzkoana a cartas constantes por parte del mismo digamos “cartel giputxi de la recaudación”.
La opción siguiente fue irme a la vecina Navarra, cruzar el Bidasoa y vivir en el lado navarro para cruzar la frontera por Bera de Badasoa en vez de por Irún.
Aquí la cosa cambió bastante, tanto es así que en poco menos de un año, al consejero obsesionado con nuestros bolsillos se le fastidió el negocio.
Todos los que pudimos pasamos a la zona de “Bortziri” lo que viene a significar “Cinco Villas”.
Bera, Lesaka, Etxalar, Igantzi y Arantza.
Es gente tranquila, con aspiraciones tranquilas y con políticos tranquilos más interesados en su cultura y en su día a día que en tus cuentas.
Pero el tiempo pasa y el invierno es cruel, las horas de sueño con el frío se convierten en tesoros dorados a los que uno se resiste a renunciar.
Esto dió con mis huesos en Baiona, Bayonne para aquellos a los que el Euskera les pueda parecer demasiado agresivo.
Preciosa ciudad, increíble ambiente y nuevas lecciones para aprender a comprender la idiosincrasia de un pueblo idéntico al mío pero con sus diferencias, con sus propias señas de identidad.
Ahí os quedáis chorizos de mierda, pensé.
Escupí al suelo cuando crucé la frontera, dejaba atrás un país que desde allí, desde el límite entre ambos mostraba todas y cada una de sus vergüenzas.
El ansia recaudadora de sus instituciones, el odio de la policía hacia mi tierra, la cobardía institucional, la corrupción.
Desde esa frontera, uno se da cuenta de cuánto nos afecta la corrupción, cuán profunda es de facto la lesión que los actos depredadores causan en el entramado social de un país.
De una España que se consuela buscando defectos en sus vecinos para no tener que reconoccer que es un absoluto desastre.
De una España perezosa que ha dictado el setenta por ciento de sus leyes pensando en no cargar de trabajo a los funcionarios y no en el servicio al contribuyente.
De una España detenida en seco culturalmente a base de acosar año tras año el sistema educativo con religiones, ciudadanías, esos, logses, egb, cambios, descambios, quitar, poner.
Somos un país ridículo, una nación imbécil que pone zorros a cuidar gallinas.
Un país cobarde de pelotas y lameculos capaces de justificar lo injustificable a voz en grito para ver si el cacique de turno escucha nuestra soflama y nos premia con una chuchería.
No es malo salir del país, encontrarse con nuevas vivencias; no es malo siempre que sea un acto voluntario y aceptado como positivo.
Pero esta clase política no sabe que con cada ciudadano que pisa tierra extraña se riega la flor de la rebelión.
Que el pueblo aprenda que existen otras realidades que funcionan y que este desastre que nos ahoga es culpa únicamente de la voluntad de los políticos y de sus negocios; de su voracidad depredadora, de su indecencia; todo esto se trenza, se retuerce y crea una soga cuyo extremo cuelga de una rama vigorosa y es un lazo que día a día se ciñe a sus pescuezos.
Soga y árbol en la plaza del pueblo, el terror francés se acerca.
Tiempo al tiempo.

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