TODOS LOS HOMBRES SON IGUALES


Ella se llama Begoña parece una tía simpática.
Una de esas mujeres que tiene razón si o si, una de esas mujeres que tiene razón porque es mujer y ellas siempre tienen razón.
Un mal día veinticuatro de diciembre alguien cometió un error.
Tal día un hombre salió por primera y única vez en su vida en el día de noche buena.images
Allí estaba ella, tan simpática y tan risueña.
Dos años después, tan felices firmaban el acta de matrimonio.
Sentencia de muerte para el incauto que solo una vez en su vida cambió una rutina.
El trabajaba fuera, muchas horas en muchos sitios.
Ella vió la nómina del incauto y pensó que ese dolor de hombros que sentía por sujetar el sacador y los peines en la peluquería habrían de convertirse en historia, así fue, tal como lo pensó se hizo.
Esto se convirtió en un incremento en el número de horas extras del incauto.
No importa decía el muy tonto, puesto a estar fuera de casa que sea para ver dinero.
Ella estaba encantada aunque se cuidó muy mucho de dar una sola buena palabra un mínimo gesto de reconocimiento al esfuerzo de su marido.
Y así pasaron los años, tres para más señas, tres años de trabajo y ausencia hasta que ambas partes se acostumbraron a esa situación.
El a la soledad de la pensión de turno y ella a la nómina del marido sin aguantar al marido.
LLegó la separación, fue dialogada, aparentemente amistosa; tanto fue asi que decidieron contratar un único abogado que les asesorase en el trámite.
Lo que aquel chaval no sabía es que cuando él volvía a partir a su trabajo lejos de casa, ella y el abogado urdían un plan.
Un plan de cuotas descomunales, insoportables.20070426183322-hombre-maltratado
El ya ex marido se encontró con una manutención bestial sobre la mesa y un abogado, su propio abogado, amenazándole de que si no firmaba aquello, el juez podía pedirle una cantidad incluso superior a su sueldo.
Entre el asedio legalista de su ex mujer y la corroboración del desastre por parte del abogado, él no tuvo más remedio que firmar todo lo que le pusieron delante.
Aquella fue su sentencia de muerte.
Los años que siguieron fueron el corredor de la muerte, trabajar como un animal y no tener para comer.
Trabajar y trabajar y encontrarse durmiendo en un descampado en el coche con un bocadillo en el cuerpo para todo el día.
Intentó montar un negocio con su último esfuerzo y llegó la ruina definitiva, los impagos, las demoras en las hipotecas.
Recurrió, como no, a la familia, calculó el gasoil que le quedaba en el coche, ese que utilizaba para caldear su improvisado domicilio.
Calculó hasta que no pudo más y con el resto volvió a casa de sus padres en busca de por lo menos un techo y un plato de comida en la mesa.97B
Y entre la vergüenza, la depresión, la desesperación y la desesperanza las denuncias de aquella peluquera que dejo de trabajar porque la dolían los hombros se sucedían una detrás de otra.
Que ironía, aquellas horas que él metía para paliar la reducción de ingresos por el cese de su amada en su trabajo, sirvieron además para computar la cuota.
Habla con ella le decían y él sonreía y callaba.
Cambia las condiciones y el sonreía y callaba.
Sonreía porque ella solo quiere dinero, dinero, dinero como sea al precio que sea.
Sonreía porque gana mucho para la justicia, tanto que no merece justicia gratuita, tan poco que con las denuncias está embargado y no se puede permitir un abogado de pago.
Y así ha seguido, ella denuncia tras denuncia aumentando un rodillo imposible de reparar, con una vida destrozada y una justicia que le da la espalda.
Ahora calla, pero ya no sonríe.
Le veo ido, callado, cada vez más inmerso en sus pensamientos.
Hace tiempo que no hablo con él, hace mucho tiempo.
Desde aquel día en que me miró con esa mirada cansada y me dijo.
Amigo, esto no es vida.
Un día se despidió de su familia, disfrutó su último día con su hija, la dijo cuanto la amaba y se fue.

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