¿CÓMO SEREMOS SIN ELLOS?


Me pregunto cómo será la vida después de hoy, después de mañana.
Me pregunto por la vida sin ellos. 
Me pregunto con un cierto hormigueo en el corazón cómo seremos las personas cuando ya no nos digan a quién odiar y por qué.Captura
Cuando nosotros decidamos quien merece morir y quién tiene potestad sobre la vida.
Hoy vivimos tiempos extraños, momentos críticos; tiempos vividos por una humanidad desorientada que observa lo que ocurre con la boca pasmada y con los sentidos embotados de gloria.
Tras el primer momento de desconcierto llega la angustia del miedo, pero también pasa.
Y ya repuestos de la impresión, ahora que recobramos poco a poco la visión,  el oído y el tacto nos encontramos con una realidad preciosa.
Una verdad grande, enorme que nos había sido secuestrada porque hay personas en el mundo que se consideran con un derecho preferente sobre los dones de la vida, un derecho según el cual todos los paraísos les pertenecen.
Así son y así lo valoran todo, bajo el prisma de la exclusiva, porque dicen que las cosas cuando son para todos valen menos que cuando son para unos pocos.
Nos engañaban, lo querían todo para ellos y solo para ellos.
Querían el aire de las montañas, el agua de los ríos, las olas del mar y la música de nuestros pensamientos.
Querían nuestras voluntades, nuestros miedos y nuestro valor.
Querían nuestra capacidad de orientarnos a ciegas, robarnos nuestros paraísos internos e incluso los sueños.
Sus artificios hallaron en nosotros la respuesta a todos sus anhelos, estábamos tocados de muerte por la confusión y así eramos presa fácil para las bestias. No eramos rival porque nosotros cantamos y hablamos, silbamos y murmuramos y por el contrario, ellos gritan más alto, más tiempo y con más vehemencia.
Ante el tono de sus mentiras no teníamos defensa alguna y en sus gritos, entre tantas voces distorsionadas solo trascendía un mensaje, su mensaje.
El solo hecho de proponer un mensaje diferente se hizo delito, así el odio y el amor se justifican el uno al otro hasta el punto de desdibujar sus fronteras.
Eso es lo que se llama forzar la situación hasta el punto de no retorno.fuera de aquí
Y ahí estamos, conscientes de que algo está ocurriendo y poco a poco dándonos cuenta de ello.
Dándonos cuenta de que ha llegado el momento de romper, de dar un paso adelante y de quemar las maderas viejas.
Da un poco de miedo si, la historia es implacable, explícita; los cambios nunca en la vida han sido en paz; nunca los desplazados han renunciado a sus tronos sin derramar sangre inocente.
Nunca.
Y no nos dejemos engañar una vez más, no es el que pide el cambio sentado en la calle con las manos levantadas el que pone la violencia encima de la mesa para lograr sus objetivos.
Son los traidores, la casta moribunda la que si será capaz de todo por mantener el estado de las cosas actual.
Vivimos momentos en los que el equilibrio entre la sumisión y el caos es total, tal es la horizontalidad de la balanza que con un solo pensamiento todo el sistema se derrumbara.
Tiempos duros, tiempos violentos.
Veo las humanidades más profundas de cada persona, la buena, la mala y la peor; veo a las tres aflorar como lava incandescente, las veo burbujear con los sentimientos encontrados revolviéndose una y otra vez en los pechos de los hombres y temo.
Temo porque detrás de cada cambio queda en el aire el olor del odio.
Rencor que se enquista en nuestros genes y que transmitimos sin rubor a los fetos cuando se gestan en el vientre materno.
A esa forma de transmitir el odio enquistado, a esa forma de asumir la lección aprendida bajo fuego enemigo y a base de barbaridades lo llamamos cultura; al afán de alimentar ese odio lo llamamos educación; a la obcecación de admirar tales sentimientos en nuestros vecinos lo llamamos bondad, y al acto de engendrar seres que odiarán más y mejor que nosotros lo llamamos amor.
Tengo miedo de ser parte de la explosión, tengo miedo de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado.
Temo que haya un euro de más en mi bolsillo, una moneda perdida que no necesito y que esto condene mi alma.hombre-de-negocios-mirando-hacia-atras_2991721
Temo levantar la vista del suelo y ver con mis propios ojos ese rincón de mi casa en el que estoy pensando ahora; ese trocito de suelo que casi nunca he pisado, ese espacio muerto por el que nunca he cruzado.
Y temo que la osadía de acaparar unos centímetros innecesarios para mi felicidad ahora se tornen tristeza y mérito de cruel condena.
Y pienso que aquellos seres humanos que tienen un gramo de felicidad más de la necesaria, es porque se han guardado la de otro, maldito juez de pacotilla tengo en la conciencia.
Y miro los espacios vacíos de mi casa y muevo las monedas en mi bolsillo y pienso…pienso…
¿Cómo seremos cuando se vayan?

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