MUSULMANES, EL GRAN CANSANCIO.


Doce personas han muerto y al menos otras diez luchan por sus vidas en París.
Los fanáticos musulmanes, una vez más, predican su fe arropados por una música de fondo, por la misma maldita canción de siempre.
Venganza, venganza, venganza.430
Y como acompañamiento de fondo las siempre acompasadas notas de los percutores de sus AK47.
Una vez más Alá ordena a sus fieles que maten, que hieran, que secuestren, que roben.
Y volvemos una vez más a retomar la conversación allí donde nadie quiere continuar.
En ese punto en el que el “buenismo conveniente” avergüenza al razonable y da razón a aquellos que a golpe de reproche nos hacen culpables a todos de las desgracias de los locos.
Porque en este mundo hoy en día, es un delito, es un pecado pedir al visitante respeto para la Sra. de la casa, para la hija de la Sra. de la casa.
Y es que para ellos una mujer es nada y una mujer occidental, infiel, es menos que nada.
Recordarles que en este país por solo ese pensamiento ya estás incurriendo en un delito es de mal gusto, está mal visto.
Está mal recordar al muslín que éste no es el país del que huyeron, y que por eso precisamente quisieron estar aquí y no allí.
Está mal recordar al hermano musulmán que vinieron a este país buscando la promesa de una vida mejor y que para lograrlo lo mejor que pueden hacer es dejar parte del equipaje hundirse en el mar.
¿Qué tenían de malo allí sus vidas, acaso no es la sacrosanta tierra de sus antepasados?
¿Quizá sus barbas crecían en un mundo que no avanza, que no ofrece más que hambre y sed, un mundo de sol y arena que no es capaz de generar en su gente la visión de futuro necesaria para prosperar porque hay unos hombres que dicen que Alá no está de acuerdo?
Y aquí están ellos, tranquilos y felices, huyendo de una realidad construida por y para una fe, una realidad que como todas las fes se sostiene en un suelo pocio firme que no tiene todas las respuestas.
Aquí están ellos, los que llegan a nuestra sociedad, irrumpen en nuestras vidas y nos exigen respeto, nos exigen empatía, nos exigen que aceptemos sus costumbres y que les facilitemos todo lo necesario para que puedan sentirse como en su casa.
Como en aquel hogar de que huyeron despavoridos y envueltos en santidad y miseria.
Y siempre encuentran a alguien dispuesto a comprenderlos mejor que nadie y a sumarse por la justicia universal a su cruzada.
Eso es lo justo, es lo democrático, es lo humano.
Eso y no decirles que este es otro país con otras costumbres, con otras leyes y con otras formas de hacer las cosas.0012054674
Que aquí mandan los seres humanos y que consideramos que sí hay un Dios, éste manda en el cielo porque es donde está y donde debe mandar.
Que no vamos a tolerar que traigan aquí todas aquellas cosas que convirtieron su país en un lugar tan terrible que agotados tuvieron que abandonar; un lugar tan descorazonador que les empujó a lanzarse al mar aún a costa de pagar el intento con sus vidas.
Que no queremos que ni sus dioses ni sus hombres santos vengan aquí, a nuestras ciudades, a nuestros barrios a poner en peligro nuestras vidas y las de nuestros hijos.
Pero no, eso no es demócrata, decirles eso es ser un racista y eso amigos míos es lo peor que se puede ser.
Ellos no, ellos pueden condenar a muerte un escritor inglés desde el Golfo Arábigo, pueden condenar a muerte a una mujer por leer libros que a ellos no les gustan, pueden amenazar al mundo si alguien comete la imprudencia de hacer una broma.
Y hemos de aceptarlo porque, pobrecitos ellos que pasaron tantas dificultades en el pasado allí en sus tierras, deben sentirse solos y asustados en un país de gente tan mala como nosotros, tan acomodada e insensible.
Nosotros, los malditos infieles, tenemos que poner toda la comprensión del mundo.
Los musulmanes no, ellos solo pueden sentirse humillados, amenazar, condenar a muerte y por supuesto, pueden hacer cantar a sus AK47.
En algún momento, a alguien se le podría ocurrir explicar a esa gente cuáles son nuestras leyes y advertirlos de que somos tan buenas personas, tan solidarios que no vamos a imponer unos derechos diferentes para ellos.
Que las mismas normas que nos aplicamos a nosotros las vamos a aplicar a ellos.
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Solo espero que no haya a su lado un imbécil que piense que para ser hospitalarios debemos construir mezquitas, permitir amenazas y mucho menos admitir la imposición de una forma de vida tóxica para nosotros.
Y sí, alguien debe decirles que si aceptan las condiciones van a ser bien recibidos, que nos morimos de ganas por saber de su cultura, de sus cosas, que estamos encantados de escuchar sus historias.
Pero también hay que extender la misma mano para explicar que si no es así ya pueden irse por donde han venido, coger la maldita patera y volverse a tragar polvo al desierto del que han escapado.

Con la bendición de Alá y con nuestra gloria.

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