ESOS PEQUEÑOS CABRONCETES.


Uno puede sentir la necesidad invencible de pasar un poco de tiempo mimándose el alma.
Disfrutar de una merecida tregua al raso, al colorcito del último sol de esa tarde tonta en un parque intentando leer un poco.
Cerrar los ojos mirando al cielo y sentir ese calor, disfrutar del aire, de estar fuera de esas cuatro paredes…
Uno puede pasar unas horas a la intemperie, a pecho descubierto, sin paracaídas, sin miedo.
Y sin perdón ni compasión por parte de Dios que debe aburrirse mucho y para eso cuenta con la siempre dispuesta colaboración del mismísimo príncipe de los infiernos.
Son muchas las formas que adopta el díscolo Lucifer, muchas y a cada cual más terrible.
Siempre aparece un niño que grita, sube al columpio y grita, baja del columpio y grita, corre para un lado y grita, se acerca y grita, te mira y grita, se aleja y tu solo deseas que sea para siempre.
nino-malo-300x200Encarnación de naturaleza angelical, igual que el diablo, que penetra tu espacio de confort, que lo perfora con el estilete acerado de su voz chillona y lo destroza en segundos.
Luego aparece el otro, este no grita, tiene la voz rota de la pura mala ostia que le canta al neo nato.
Es el niño agresivo, el que goza de torturar a su madre a patadas y gritos abusando de esa suerte de capacidad para el chantaje emocional que nos implementa la madre naturaleza y la madre que nos parió.
No se qué es más molesto, si el niño gritón o la madre indolente que osa compartir su desgracia con el resto de nosotros, pobres mortales de vidas finitas a los que están destruyendo ella y su retoño esos preciosos y escasos minutos de solaz.
Niños, esas pequeñas bestias que fuimos y que muy a nuestro pesar albergamos y portamos en nuestras entrañas psicóticas.
Los miedos, los sustos, los fracasos de aquel niño odioso que fuimos nos han convertido en el tipo solitario e insociable que somos ahora.
Puedes quedar hipnotizado por esa maldad inocente, esa crueldad con que los niños manejan su percepción de la realidad.
cym-grand-ninoLa burla cruel ante el gordito por lento, por torpe.
La mofa a grito vivo contra el feo, por feo.
La carcajada ante la desgracia ajena.
Ya sea por tropezar, ya sea por caer y también por no caer, por dejarse las rodillas en el asfalto; todo sirve.
Así son ellos, siempre atentos al defecto, a la desgracia; siempre listos para hacer escarnio de la pena, del dolor ajeno.
Sin consideración, sin lástima y con toda la maldad del alma puramente virgen e inmaculada.
Entonces suspiramos, buscar nuestro reflejo en esos seres venidos del averno, es la materialización del alivio.
Nos encontramos ante el hecho innegable de que eramos como ellos, pero también es cierto que eso también es revelación de la esperanza.
Si esa maldad pudo ser aplastada por toneladas de educación, por kilómetros de letras y por millares de minutos en nuestro existir; entonces es que esta humanidad tiene arreglo.
Solo tenemos que encontrar ese momento en que cambiamos aquella maldad por estupidez, abortar la misión y conservar al pequeño cabroncete a buen recaudo en nosotros hasta que seamos plenamente conscientes de que realizamos el cambio adecuado.
Y es que ese cambio, no debe limitarse a cambiar el objetivo de nuestra falta de respeto.
n_betis_humor-754299No consiste en pasar de mofarse de un niño feo señalándolo con el dedo a buscar un objetivo profesional para mofarnos también.
Porque incurrimos en el error de los errores.
El que nos lleva a pensar que somos más listos solo por ser mayores, cuando es todo lo contrario.
Porque caemos en el peligro de la condescendencia, de la risa fácil y eso amigos míos es terrible a nivel individual, social, cultural, evolutivo e incluso genético.
Y es que ese error de concepto, esa disfunción psicótica para gestionar la maldad es lo que nos lleva a mantener en nuestras vidas, a fuerza de televisión, a entidades como Mario Vaquerizo y otros esperpentos que en un mundo normal, habitado por gente normal e incluso habitado por locos y no por gilipollas, no tendrían acceso a la más mínima notoriedad salvo para blanco de niños y maleantes.
Ese niño que llevamos dentro, ese niño que señala con el dedo y se ríe a gritos del feo, del torpe, del gordo, del tonto…
Ese niño que llevamos dentro es un enorme cabronazo y se ríe de sí mismo porque alza la cara y piensa…
Carmen Lomana… Mario Vaquerizo… Mariló Montero…
Vaya tela.
Y el muy cabrón se parte de la risa.

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